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Guías de verano

Manos a la obra: así se monta la sesión de cine cuando el pueblo entero espera

Cine de Verano con Deduque

Son las seis de la tarde en la plaza mayor y aún no hay nadie. Un furgón apartado a la sombra, cuatro vecinos con cara de conocidos y un montón de cajas negras que parecen guardar secretos. En unas horas, este mismo suelo estará lleno de sillas plegables, niños descalzos y abuelas con abanico. Pero ahora toca trabajar.

La pantalla: la lona que lo cambia todo

Lo primero no es el proyector, sino la pantalla. En el cine al aire libre, la clásica pantalla de lona sigue siendo la reina: se despliega como una vela de barco, se tensa con eslingas y se sujeta a postes, árboles o a la fachada del ayuntamiento que haga de comparsa. "Si la lona queda con una arruga, se ve en cada plano", nos cuenta Julián, proyectista de toda la vida en un pueblo de la Alcarria. "Es como planchar una cama: si lo haces con prisa, te acordarás de ello toda la noche".

El viento es el enemigo número uno. Una pantalla mal tensada se convierte en una vela que se bambolea y mueve la imagen entera. Por eso los veteranos miran primero la previsión del tiempo y después el guion de la película. Un vendaval puede mandar la sesión al polideportivo de al lado sin previo aviso.

El proyector y el enfoque: matemáticas a ojo de buen cubero

Con la lona lista, llega la hora del proyector. La regla de oro es sencilla de decir y difícil de aplicar: la distancia de proyección depende del ancho de la pantalla y de la óptica del equipo. Los proyectores modernos calculan casi todo solos, pero los que llevan décadas en el oficio siguen confiando en el ojo.

"Yo enfoque a mano, con la película ya corriendo y el público ya sentado", explica Julián entre risas. "Al principio te sudan las manos, pero acabas sabiendo de memoria cuántos metros hay del camión a la lona en cada plaza de la comarca".

La altura también importa: el haz de luz debe pasar por encima de las cabezas del público, así que el proyector suele subir a una mesa, a una taquilla o al techo del propio furgón. Y siempre, siempre, se reserva un sitio con sombra para el equipo, porque los proyectores sufren con el calor tanto como nosotros con la manta.

El sonido: el gran olvidado

Todos recuerdan la imagen; nadie recuerda el sonido hasta que falla. En las plazas abiertas, el audio exige más músculo que en una sala cerrada: sin paredes que reboten, el sonido se escapa hacia las estrellas. Dos altavoces bien colocados a los lados de la pantalla, a la altura de las cabezas, hacen más que cuatro torres de concierto mal orientadas.

La prueba de sonido se hace con la misma escena que luego se proyectará, idealmente con diálogo. "Si se entiende el susurro, se entiende la película", resume Julián. Y ojo con las ventanas de las casas que dan a la plaza: los vecinos son el primer público y el primer juez.

Cuando llega la noche

Hacia las nueve y media, la plaza empieza a llenarse. Los últimos cables se cubren con alfombras o cinta de señalización, se hace una última prueba de imagen y sonido, y alguien comprueba que el enchufe del bar de la esquina no va a saltar a mitad de la película.

Cuando el sol se rinde y el cielo oscurece del todo, el proyectista pulsa el play. Nadie aplaude el montaje, nadie ve las horas de trabajo. Pero ahí está la magia: una plaza convertida en sala de cine, con la luna de comparsa y la película por protagonista.

Consejos si quieres montar la tuya

Porque el cine de verano no empieza cuando se apagan las luces: empieza a las seis de la tarde, con cuatro manos, una lona y la ilusión de que, cuando llegue la noche, la plaza entera quiera quedarse hasta los títulos de crédito.

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